Ellas llevan la vida en el pelo

Por mucho negro que crucifiquen o cuelguen de un gancho de hierro atravesado en las costillas, son incesantes las fugas desde las cuatrocientas plantaciones de la costa de Surinam. Selva adentro, un león negro flamea en la bandera amarilla de los cimarrones. A falta de balas, las armas disparan piedritas o botones de hueso; pero la espesura impenetrable es la mejor aliada contra los colonos holandeses.
Antes de escapar, las esclavas roban granos de arroz y de maíz, pepitas de trigo, frijoles y semillas de calabazas. Sus enormes cabelleras hacen de graneros. Cuando llegan a los refugios abiertos en la jungla, las mujeres sacuden sus cabezas y fecundan, así, la tierra libre.

Siervos y señores

El cacao no necesita sol, porque lo lleva dentro.
Del sol de adentro nacen el placer y la euforia que el chocolate da.
Los dioses tenían el monopolio del espeso elixir, allá en sus alturas, y los humanos estábamos condenados a ignorarlo.
Quetzalcóatl lo robó para los toltecas. Mientras los demás dioses dormían, él se llevó unas semillas de cacao y las escondió en su barba y por un largo hilo de arena bajó a la tierra y las regaló a la ciudad de Tula.
La ofrenda de Quetzacóatl fue usurpada por los príncipes, los sacerdotes y los jefes guerreros.
Sólo sus paladares fueron dignos de recibirla.
Los dioses del cielo habían prohibido el chocolate a los mortales, y los dueños de la tierra lo prohibieron a la gente vulgar y silvestre.

El cacao

El chocolate estaba prohibido a los mortales. La espumosa bebida era deleite de los dioses, y sólo de ellos, hasta que uno de ellos los traicionó.
Quetzalcóatl bajó desde los cielos y se vino a vivir con los toltecas, gente sufrida que se mataba trabajando. Fue él quien les regaló esa alegría: en la barba les trajo, escondidas, las cuatro semillas del cacao, que había robado a sus hermanos. Y fue adorado por los toltecas, que en el trono lo sentaron y alzaron un gran templo, en la ciudad de Tula, para darle casa.
Cuando los dioses vieron que los toltecas bebían chocolate, enviaron al dios de la noche en misión de venganza. El dios de la noche (Tezcatlipoca) se deslizó a la tierra por un largo hilo de araña, se disfrazó de mercader, se hizo amigo de Quetzalcóatl y lo emborrachó con pulque. Y los súbditos del rey de los toltecas vieron las ridiculeces que hizo y escucharon las estupideces que dijo.
Quetzalcóatl despertó con tremenda cruda, boca sin saliva, cabeza de tambor. Humillado, se fue. Marchó caminando hacia la mar lejana, y allá se perdió.

Paradojas

Hace cuatro años, el periodista Richard Swift llegó a los campos del oeste de Ghana, donde se produce cacao barato para Suiza.
En la mochila, el periodista llevaba unas barras de chocolate. Los cultivadores de cacao nunca habían probado el chocolate. Les encantó.

El cimarrón

El caimán, disfrazado de tronco, goza del sol. Giran los ojos en la punta de los cuernos del caracol. Con acrobacias de circo corteja el pájaro a la pájara. El araño trepa por la peligrosa tela de la araña, sábana y mortaja donde abrazará y será devorado. Un pueblo de monos se lanza al asalto de las frutas silvestres en las ramas: los chillidos de los monos aturden la espesura y no dejan oír las letanías de las cigarras ni las preguntas de las aves.
Pero suenan pasos raros en la alfombra de hojas y de pronto la selva calla y se paraliza, se encoge y espera. Cuando estalla el primer balazo, la selva entera huye en estampida.
El tiro anuncia alguna cacería de cimarrones. Cimarrón, voz antillana, significa «flecha que busca la libertad». Así llamaron los españoles al toro que huía al monte, y después la palabra ganó otras lenguas, chimarrao, maroon, marrón, para nombrar al esclavo que en todas las comarcas de América busca el amparo de selvas y pantanos y hondos cañadones y lejos del amo levanta una casa libre y la defiende abriendo caminos falsos y trampas mortales. El cimarrón gangrena la sociedad colonial.

 
Eduardo Galeano
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